Tu placer, mi placer
Recorría tu cuerpo cálido y blanco la humedad de mi lengua recogiendo tus lágrimas. Te agarré muy fuertemente en la penumbra. Hoy que se desvela cada pliegue y todo lo que estaba oculto bajo la sábana se atisba velado entre la luz siena que atraviesa los visillos. Tu cuerpo pálido y joven se hace joya y se hace blanco sobre la sabana blanca y en blanco el libro de las palabras torpes que no se deben decir, sino pegarse, agarrarse hasta romper la epidermis, y dentro de la piel todo ese amor que querías darme. Me miro en el palpitar blanco de tu pecho como en el espejo de un lago ondulado por el viento y la niebla, Y, como el árbol y el viento, estamos sujetos por el sonido de la lluvia. Esta caricia va a ser la última. Siempre la lluvia traerá el aroma del deseo como aromas de tierra húmeda y como ozono fruto de la tormenta, De la humedad del bosque de tu pubis, de tu mano en la fruta de esta noche extraña, De tu amor, que me es prohibido, el alcohol me arranca a dentelladas las sensaciones y los recuerdos que, siempre la lluvia nos devolverá como un antiguo y confortable mantra en la noche oscura y nublada en que comprendamos; En la noche perlada de abrazos y lágrimas tendremos, frágil y oscura en su pulsación de amor, húmedo y entrañable, como el aroma de un hogar olvidado en algún punto borroso de la infancia, siempre la lluvia. 


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